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Dibujo al Desnudo en Vivo

Estar al desnudo a veces no es fácil, pero es increíblemente liberador. Estar al Desnudo mientras hay gente a tu al rededor puede ser tremendamente abrumador, pero que te vean como obra de arte puede ser increíblemente transformador.
Loa fue voluntaria para este hermoso momento, mientras las personas paseaban en la expo, miraban stands, o compartían experiencias, Fede estuvo dibujando en vivo, con las dificultades que eso implica. Por supuesto no es un dibujo “perfecto”,. pero tampoco busca serlo, la idea acá es la experiencia, es el descubrir algo nuevo, es “enfrentarse” a una situación especial. Sentir la seguridad, comodidad y placer de estar como si fuera el living de tu casa, pero con un montón de personas desconocidas a tu al rededor.
La sesión de dibujo duró 3 tandas de 20 minutos con intervalos de descanso, tanto para Fede como para Loa, quien estuvo posando de una forma “sencilla”, y utilizando implementos propios del BDSM, como lo son la fusta y el látigo, además de una tremenda lencería escogida para la ocasión.
A continuación dejamos el texto del propio Fede con la Narración completa de su experiencia.

Dibujar en vivo entre cuerpos, miradas y silencios.
Llegar al Hotel NH Columbia en Montevideo con la certeza de que me esperaba una jornada distinta, fue el primer paso de una experiencia que todavía me resuena en el cuerpo. Yo ya sabía que sería algo fuera de lo habitual: no todos los días se realiza una feria de BDSM en la ciudad, y menos aún en un espacio con la elegancia clásica de un hotel. El contraste entre lo formal del entorno y lo transgresor de la temática me generaba una mezcla de nerviosismo y entusiasmo que, con el correr de las horas, se transformaría en uno de los recuerdos más intensos de mi vida artística.
Apenas crucé la puerta principal del hotel, me recibió un clima cargado de expectativas. La feria estaba organizada con stands, espacios de exposición donde compartí con dos grandes fotógrafos mi obras de arte mixto, charlas y performances. Se respiraba un aire eléctrico, una energía vibrante que se percibía en los gestos, en las ropas, en los accesorios y en la disposición de quienes circulaban por los pasillos.
Yo estaba allí con un rol definido: realizar una performance de dibujo en vivo, con modelo. No iba como espectador pasivo, sino como alguien que se exponía tanto como el cuerpo que iba a retratar. Esa doble vulnerabilidad —la del modelo y la mía— me tenía con la adrenalina alta.
Subí al salón donde se desarrollarían las performances. Había una tarima, un sillón, algunos accesorios que pertenecían más al mundo BDSM que al del dibujo: esposas, cadenas, látigos que descansaban como si esperaran su turno. Yo me preguntaba cómo encajar en todo eso, cómo mi carbonilla o mi lápiz podían dialogar con el cuero y el metal.

Impresiones y Diversidad
Lo primero que me impresionó fue la diversidad. Había parejas que paseaban de la mano, grupos de amigos riendo con complicidad, personas solas que miraban con atención, explorando cada detalle. Se escuchaban conversaciones que alternaban entre lo pedagógico y lo erótico. Alguien hablaba de seguridad en las prácticas, otra persona comentaba sobre el simbolismo del collar, mientras en otro rincón se escuchaban risas nerviosas frente a un flogger expuesto.
Los sonidos eran múltiples: tacones sobre el piso de mármol, voces graves y susurros, el chasquido ocasional de una fusta usada a modo de demostración. Todo eso iba componiendo una atmósfera que me sacaba de lo cotidiano y me metía de lleno en un universo paralelo, donde lo erótico y lo artístico podían encontrarse de maneras inesperadas.
Yo me sentía parte de ese universo, aunque desde un lugar distinto. No estaba allí para atar, azotar o ser atado: estaba para dibujar. Y, sin embargo, comprendía que el acto de dibujar en vivo en ese contexto también era un juego de poder, de exposición y de entrega.

Cuando lo Vives de Cerca
No era la primera vez que trabajaba sobre la temática en mis obras, pero sí la primera en que lo experimentaba tan de cerca, en una feria abierta, con tantas personas compartiendo un mismo interés. Lo que más me sorprendió fue la naturalidad. Había erotismo, sí, pero también respeto, cuidado, un marco de contención que me resultó fundamental.
En ese marco, mi performance tomaba otra dimensión. Dibujar un cuerpo desnudo o semi desnudo frente a público no es lo mismo en un taller de arte que en una feria BDSM. Aquí había otra carga simbólica: el cuerpo no era solo un objeto estético, sino también un territorio de deseo, de dominio, de vulnerabilidad y poder. Yo debía estar a la altura de esa complejidad.
Me preguntaba: ¿dibujo lo que veo o dibujo lo que siento? ¿Qué lugar ocupa mi propia mirada en esta situación? En el BDSM, la mirada es fundamental: mirar y ser mirado forman
parte del juego. Y yo, desde mi atril, era también un voyeur, pero con la excusa del arte. Esa conciencia me atravesaba mientras preparaba mis materiales.

El momento
El momento llegó. Su sola presencia imponía respeto y despertaba curiosidad. Yo ya tenía mi lugar preparado: un caballete, hojas grandes, carbonillas y lápices. Sentí cómo las miradas del público se depositaban no solo en el modelo, sino también en mí. Y eso me hizo comprender que ambos estábamos expuestos, ambos éramos objeto de deseo, de atención y de juicio. Empecé a dibujar con trazos rápidos, casi desesperados, queriendo atrapar esa energía antes de que se disipara.
Yo solo escuchaba apenas el rasgar de la carbonilla sobre el papel. Esa intimidad sonora me conectaba aún más con lo que estaba haciendo. Lo fascinante era que no dibujaba solo un cuerpo: dibujaba una historia. Cada trazo era un relato de lo que sucedía en esa performance compartida. Yo no podía ser neutro: mi mano interpretaba, opinaba, elegía qué mostrar y qué ocultar. De reojo podía observar a las personas alrededor. Algunos tenían una mirada concentrada, como si estuvieran en una clase de arte. Otros respiraban con cierta agitación, como si el erotismo los tocara directamente. Había incluso quien sacaba fotos, intentando llevarse un registro de lo que estaba ocurriendo. En ese instante comprendí que el público también era parte de la obra. Sus gestos, las formas de mirar, todo estaba incluido en lo que yo plasmaba en el papel. Era un triángulo: modelo, artista y espectadores, unidos en un mismo acto de presencia.

Respeto
Cuando terminé el último dibujo, nadie aplaudió, pero eso no es extraño, no se aplaude una obra cuando se termina de crear, sino que hay un reconocimiento respetuoso, de observación y apreciación. Y yo sentí una mezcla de alivio y gratitud. Había atravesado mis nervios iniciales, me había dejado llevar y había logrado compartir algo genuino
Salir del salón y volver al hall fue casi un shock. la Feria seguía, con sus stands, sus charlas y su bullicio. Pero yo caminaba distinto, como si hubiera atravesado una puerta interna.
Comprendí que el BDSM no es solo una práctica sexual o erótica: es también un lenguaje, un código que habla de confianza, de entrega, de roles y de límites. Y en ese lenguaje, mi dibujo había encontrado un lugar
Me llevé conmigo no solo los papeles manchados de carbonilla, sino también la certeza de que el arte puede ser un puente entre mundos. Que dibujar en vivo en una feria de BDSM es mucho más que retratar un cuerpo: es explorar lo que significa ser visto, ser deseado, ser interpretado.
La experiencia me dejó una huella profunda. Hoy, cuando vuelvo a mirar la obra, siento que no es una simple figura humana,es un testimonios de una tarde donde lo erótico y lo artístico se encontraron, donde el hotel se convirtió en escenario y donde yo mismo descubrí nuevas formas de mirar y de ser mirado.